Arte e identidad en México

Antonio Quiroz

“Car Je est un autre. Si le cuivre s’éveille clairon, il n’y a rien de sa faute. Cela m’est évident: j’assiste à l’éclosion de ma pensée: je la regarde, je l’écoute: je lance un coup d’archet: la symphonie fait son remuement dans les profondeurs, ou vient d’un bond sur la scène.

Arthur Rimbaud

Como cada cierto tiempo, hace un par de meses me dispuse a comenzar con mis ya bastante comunes elucubraciones sobre el arte mexicano, ese ente un tanto amorfo que se expande y se retrae y al que uno nunca termina de conocer con certeza y claridad. Sin embargo, ¿conocemos el arte en realidad? Y forzando esto un tanto más ¿qué es en realidad la identidad? Y siendo más incisivos ¿qué es la identidad mexicana?

Comencemos entonces por el “principio”, por el arché, si es que podemos encontrarlo. Me parece muy necesario para poder abordar estas problemáticas iniciar con la tan elusiva noción de arte, eso de lo que todos creemos saber o de lo que al menos, tenemos una opinión. “Expresión de sentimientos” exclamarán algunos, “actividad humana con fines de expresión y comunicación” o “creación de algo bello” dirán otros. El arte escapa a su definición, eso es cierto, pero al menos podemos definirlo desde lo que no es. El arte no es ciencia ni moral, declara Kant en su Crítica del juicio[1], y ciertamente serán pocos los que aborden las practicas artísticas desde otras perspectivas.

Siguiendo la obra La invención del arte[2] de Larry Shiner encontramos que, como bien afirma el autor, la noción de arte en Occidente es bastante reciente, data de hace unos doscientos años, por lo que los conceptos de arte y artista en la Antigüedad difieren bastante de lo que pensamos actualmente, e incluso podemos entender que diversos polos culturales no cuentan con una palabra para hablar de arte en el sentido occidental. Es bien sabido que el origen de esta palabra se puede rastrear desde el famoso techné griego, pasando por el latín ars lo que al final nos dará la palabra arte. Sin embargo este camino etimológico no explica por si mismo el uso de la palabra en la actualidad (al menos en las lenguas romances)[3].

El arte es una de esas “disciplinas” (gracias siglo XIX) de la que todos parecemos tener una idea, una opinión e incluso una verdad, sin importar que existan personas avocadas al estudio serio (o no tanto) de las muy diversas prácticas artísticas así como de sus discursos. Esta disciplina se ha vuelto parte importante del dominio público, proporcionando a aquellos que cuentan con cierto “bagaje cultural” (entiéndase nombres de artistas, fechas, datos curiosos de su vida privada, etc.) una segura plusvalía y el aplauso de aquellos que los escuchan. Aunado al concepto de arte, la noción de estética –“estudio de lo bello”– ha cambiado a través de la historia. En griego clásico el término aesthesis[4] hace referencia a nuestra relación sensorial y afectiva con el mundo, con nuestro entorno. Sin embargo, en el siglo XVIII Baumgarten genera el concepto de estética como “una ciencia[5] que trata de lo sensorial para aprehender lo bello expresado en el arte”. Desde hace más de dos siglos la estética, y por extensión el arte, se han estudiado a partir de lo bello y no como parte de un sistema de representación del mundo. No pretendo abordar aquí toda la problemática conceptual que implican las nociones de arte y estética, sino únicamente abrir un poco el apetito intelectual hacia estos tópicos.

Al igual que el arte, el concepto de identidad nacional es uno tardío, se desarrolla a finales del siglo XVIII pero toma gran fuerza a mediados del siglo XIX, momento en el que se definen la mayoría de las fronteras. Para algunos, las naciones son obra de “Dios”, es decir, la nación y por ende la identidad nacional, viene dada de manera esencialista, para otros, las naciones son producto de la modernidad, un constructo social o un conjunto de comunidades imaginadas[6], una entidad socialmente construida que responde a los intereses del Estado con el objetivo de unificar, a través de símbolos, a uno o varios pueblos o comunidades con fines de estabilidad y viabilidad política a largo plazo.

Entendemos por identidad una serie de rasgos (culturales, alimenticios, lingüísticos, etc.) comunes a una particular región geográfica. Estamos acostumbrados a pensar la identidad como ese conjunto de características que nos definen, en nuestro caso, como mexicanos. Las aceptamos y las consumimos sin titubear, nos reímos de ellas y nos enfadamos al ser víctimas de estereotipos, pero ¿existe en realidad una identidad nacional? El arte ligado al Estado ha jugado un papel decisivo en la creación de dichas identidades alrededor del mundo, de hecho podríamos trazar una historia del arte íntimamente ligada a la economía y a la política. En los muros del palacio de Asurbanipal en Nínive (actualmente en el Museo Británico en Londres) se podían observar las grandiosas escenas de la “cacería de los leones” en la que los reyes participaban para legitimar su poder, atrayendo a la vez, abundancia a sus territorios y restituyendo el orden divino. Estas poderosas escenas reflejan desde tiempos antiguos, la liga entre arte y Estado, entre arte y poder. En el México antiguo, encontramos escenas similares. Los gobernantes mayas, por ejemplo, para reafirmar su poder, se sangraban a si mismos, como se observa en los dinteles de Yaxchilán, ofrendando el líquido primordial a los dioses. Con este mismo fin encontramos en los murales de Bonampak representaciones de batallas y de prisioneros cautivos. El arte cristiano también genera símbolos que unen o identifican a los creyentes entre sí. El crismón, el cordero y la cruz, entre otros, son elementos que permitieron afianzar una identidad religiosa. En el judaísmo la estrella de David y en el islam el cuarto creciente y la estrella son emblemas que transmiten un sentido de identidad religiosa y cultural.

La identidad nacional se nutre entonces, de símbolos, de imágenes, de lábaros, a manera de reforzar el sentimiento de pertenencia. Culturalmente entendemos como iguales a aquellos que comparten nuestras costumbres, nuestra manera de ver el mundo, etc. Y rechazamos o mantenemos al margen a aquellos que no encajan, al otro. Sin embargo, es a través del otro que nos identificamos. Lacan, en su texto El estadio del espejo menciona que la formación del sujeto (Je) se construye a partir del otro. En otras palabras, podemos definirnos (como nación o comunidad, al igual que como individuos) a partir de la otredad, del extranjero, del goy[7] .

En el siglo XIX en México, el “indigenismo académico” o neoindigenismo ocupó un lugar importante en la agenda política y cultural del país, a pesar del creciente “afrancesamiento” tan del gusto de la élite de la época. El neoindigenismo promovía valores que podemos juzgar como bien intencionados si no buscáramos mucho más a fondo, exaltando a los grandes héroes indígenas e incorporando elementos estilísticos claves de la arquitectura prehispánica en los edificios de la época. Esculturas como el Tlahuicole de Manuel Vilar retoman el canon neoclásico, en boga en esa época, y lo aplican a las figuras de estos héroes indígenas, de cuerpos musculosos y estudiados movimientos que podemos relacionar al Laoconte o al Torso de Belvedere. El monumento a Cuauhtémoc es otro claro ejemplo de esta corriente, dicho monumento exalta la valentía del último tlatoani mexica y reivindica su lugar en la historia, ataviado con un penacho de plumas y una toga a la manera de un emperador romano, flanqueado por jaguares con tocados de plumas que retoman la idea de lo indígena como exótico y al mismo tiempo como edificante y dignificado. Sin embargo una de las obras más impactantes ha sido el Palacio de Bellas Artes, cuya ecléctica arquitectura entreteje el Art Nouveau y el Art Decó con detalles y molduras retomadas de diversas zonas prehispánicas, desde los mascarones Chaac de la zona Maya de Yucatán a motivos de grecas y serpientes de las zonas de Oaxaca y del México central.

Sin embargo, este discurso ha tenido grandes repercusiones dentro de la integración de los propios indígenas en el país. Al parecer, apreciamos a los indígenas históricos, aquellos que construían pirámides, a los indígenas muertos, alrededor de cuya cultura generamos museos y propaganda a favor del turismo, mientras tanto, los indígenas actuales se encuentran segregados, por diferentes razones, del proyecto de nación mexicana.

Durante la época post-revolucionaria, el muralismo, otro movimiento apoyado por el estado, adquiere un papel protagónico, si no hegemónico, en la escena plástica del país. Artistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Clemente Orozco son encasillados dentro de este género específico. Los muralistas, artistas que después de la revolución mexicana decidieron dejar atrás la pintura de caballete y la tradición académica para comenzar a pintar en los muros buscando educar a las masas generalmente iletradas haciendo uso de expresiones artísticas monumentales con fines educativos:

“No sólo todo lo que es trabajo noble, todo lo que es virtud, es don de nuestro pueblo (de nuestros indios muy particularmente), sino la manifestación más pequeña de la existencia física y espiritual de nuestra raza como fuerza étnica brota de él, y lo que es más, su facultad admirable y extraordinariamente particular de hacer belleza: el arte del pueblo de México es la manifestación espiritual más grande y más sana del mundo y su tradición indígena es la mejor de todas. Y es grande precisamente porque siendo popular es colectiva, y es por eso que nuestro objetivo fundamental radica en socializar las manifestaciones artísticas tendiendo hacia la desaparición absoluta del individualismo por burgués. Repudiamos la pintura llamada de caballete y todo el arte de cenáculo ultraintelectual por aristocrático, y exaltamos las manifestaciones de arte monumental por ser de utilidad pública. Proclamamos que toda manifestación estética ajena o contraria al sentimiento popular es burguesa y debe desaparecer porque contribuye a pervertir el gusto de nuestra raza, ya casi completamente pervertido en las ciudades. Proclamamos que siendo nuestro momento social de transición entre el aniquilamiento de un orden envejecido y la implantación de un orden nuevo, los creadores de belleza deben esforzarse porque su labor presente un aspecto claro de propaganda ideológica en bien del pueblo, haciendo del arte, que actualmente es una manifestación de masturbación individualista, una finalidad de belleza para todos, de educación y de combate.” (Siqueiros, 2)

 

Podemos observar, en el extracto anterior como se genera no sólo una apología de lo indígena, sino una idealización de la tradición indígena y de lo popular, contrario a lo académico que se consideraba una muestra de burguesía. De esta manera, el arte apoyado en el estado consigue fijar una imagen de lo prehispánico como el origen último (el arché) del pueblo mexicano, haciendo énfasis en lo colectivo y lo popular y en el arte como una expresión de algo forzosamente bello. Es gracias a estas ideas que se fija una identidad a partir del muralismo, revalorando lo indígena y reivindicando a la clase obrera y popular. El muralismo se convertirá en un icónico lente a través del cual releer la historia y la identidad mexicanas.

 

[1] Kant, Immanuel. Crítica del juicio, Madrid, Espasa Calpe, 1977.

[2] Shiner, Larry: La invención del arte: una historia cultural. Barcelona: Paidós Ibérica, 2004.

[3] En ruso, la palabra исскуство (isskustvo) proviene del eslavo eclesiástico искусьство (iskust’vo) similar al latín experimentum. En alemán la palabra Kunst viene del verbo können, tener posibilidad de, reforzando la idea de técnica. La palabra ucraniana мистецтво (mistetzvo) proviene del alemán Meister, en búlgaro (y en serbio es la misma palabra) уметност (umetnost) denota una habilidad. En griego moderno la palabra para arte sigue siendo Τέχνες, (téjnes) enfatizando la idea de Bellas Artes como Καλές Τέχνες (kalés tejnés).

[4] αἴσθησις

[5] En alemán la palabra Wissenschaft –ciencia- no está peleada con las humanidades, tomar como ejemplo la palabra Kunstwissenschaft “la ciencia del arte” designa a la historia del arte.

[6] Anderson, Benedict. Imagined communities : reflections on the origin and spread of nationalism. Londres: Verso, 1991.

[7] En la Biblia hebrea la palabra goy, que actualmente designa a los gentiles, es decir, a los otros, significa literalmente nación o pueblo.

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