Manuperversión, Acrílico sobre papel, 20x27cm., 2016

Flores amarillas

Maru San Martín

No disfruto las noches, mi apático aspecto y el mutismo que exhibo cuando Julio abandona los viejos libros para hablar de sus planes, me hacen difícil poner atención, regresar al presente. Con la vista absorta y aceitunada, reprimo el escalofrío que me desmoraliza aún más por la partida de mi hijo. Quiere vivir solo, se ha hecho alérgico incluso a la presencia de sus padres. A partir de agosto, los amaneceres nacerán muertos.

El ámbar quemado de un sol del mes de abril, descubre rosas amarillas que planté en enero. Las observo desde la ventana, y, a pesar del simbolismo del color de las flores, me reconozco presa. Camino hacia el huerto, me saturo del aroma de nuevos seres, acaricio las plantas, incluso ellas tienen límites de espacio. Trabajo un poco entre lodo, alzo la vista, quiero subir al palomar, rogar a mi hijo que se quede. Observo mis manos enfundadas en guantes, el delantal de cuero, me descubro ajena, me deshago del disfraz que porto. Lloro, respiro frías lágrimas. Quiero un río, para correr cada mañana y ver el caudal, medir su fuerza, tener la posibilidad de lanzarme al agua, pero solo paladeo sal que emana de mi cuerpo, me ahogo en llanto, en miedo. Sé que permaneceré en el sembradío de cemento y olvido, dónde nada se cultiva, si acaso hierbas necias, piedras estériles y mujeres que aceptan flores amarillas, mujeres cómo yo, que jamás darán semillas o frutos nuevos.

Las nacidas en ciudad no tienen raíces, buscan espejos para sentirse alguien, y entre vitrinas y metales reflejan sus rostros disfrazados, cada persona es un bloque impenetrable de sueños ácidos y sonrisas fingidas. Ya cumplí condena, he permanecido en el talego más de lo aguantable. Mi compañero de celda se marcha y mi mente se parte en tres, y dialogo con los fragmentos. El tercio que viaja al campo recorre la autopista, en el camino la tierra removida despide fragancias, esa parte disfruta, reconoce la zona en cuanto cambia la vegetación a pie de carretera, adoro los arbustos que crecen junto al concreto, sobre todo por su persistencia. Llego al querido rancho, solo para dar una mirada a los árboles podridos, los que perdí en la inundación y bauticé siendo niña. La porción que sigue a Julio lo protege, verifico que las galletas no contengan chocolate, construyo para él un nuevo palomar en la azotea del edificio, leo con detenimiento las etiquetas de su ropa. El trozo que permanece junto a Antonio no se mueve.

Después del nacimiento de Julio, dejé entristecer mi cuerpo, jamás me concentré en mí, me aparté de la vida; mis venas no se saturaron de sangre, no se clavaron como raíces en la tierra. No volví a alimentarme de promesas, ni a creerme dueña de mí misma, no reconocí el olor a verde, ni me fundí con el aroma de la tierra, no me sentí hierba, ni derramé jugo, ni mi cuerpo fue puente o destino de Antonio u otro amante, cada noche mi mar estaba seco, a ratos espinas me atravesaron. Mi boca no probó un nuevo incendio, ni descendió lumbre entre mis piernas. Mi vientre, terreno yermo, no permitió embestidas, ni alientos o aleteos que despertaran la rosa marchita. Desde que Julio anunció su partida, antes de acostarme maquillo de rojo mis labios, cada noche ese nuevo ritual, en el que desnuda, me voy a la cama portando enormes pendientes. Duermo sola, mi sueño nunca es profundo, en la madrugada me siento vacía, las sábanas son lodo de tierra deshecha y la polvareda de recuerdos no me dejan ver un nuevo aire. Los grumos de tristeza se funden en la memoria, se mezclan con el sueño que ahora me embiste, muerdo la pasión como si de fruta se tratase, revuelvo mi pelo, enmaraño mi campo, pienso en otro día estéril. Introduzco la punta de dos dedos suaves y delgados entre los labios, evoco esos besos húmedos, penetrados en niebla, el recuerdo me escuece entre las piernas. Tiemblo a cada roce, abro la boca, contengo los gemidos y encorvo la espalda. Esta noche el dolor me ha dejado, volverá pronto, pero ahora mi cuerpo está repleto, y la humedad moja mi mano, huele a tierra y sal marina, y a recuerdos.

Despierto, observo la huerta desde la ventana, los últimos días la ciudad se limita a los clósets, y entre paredes, espejos y veredas de ropa, me siento aún más recluida. Rodeada de tapias, entre idas y venidas, descuelgo ganchos vacíos; son las nuevas cañas que cosecho, pero el aroma del azúcar no me embriaga, las montañas que me rodean son ahora de prendas tejidas que Julio abandonó por su alergia. Hablo con mis pies desnudos, los imagino cual raíces expuestas, hambrientas de lluvia. Recuerdo los juegos de niña en el campo, antes de la inundación, antes de los miedos; cuando sudaba al correr y salía sin avisar a nadie, confeccionaba vestidos de tierra y no planchaba camisas, era yo quién arrugaba la ropa y me querían así: sucia, acartonada, como pergamino. Con el aroma de la caña triturada en el ingenio desapareció también el gozo. El río se llevó entre piedras las memorias gratas. El olvido es una roca, pesado cemento vertido en el presente. Julio ha liberado a las aves, se ha ido. Los días transcurren, algunos más blandos, cuál lodo, incluso me sacan alguna sonrisa, transforman su color de gris verdoso a amarillo, es cuando trabajo la huerta y cuido los arbustos, sobre todo uno de adorables frutillos rojos, a través de ellos veo esperanza, una grieta apenas en la pared de la cárcel.

Me sé distinta y culpable. Hace años me enredaba en el cuerpo de Antonio, inventábamos posturas juntos y era yo la que siempre guiaba. Él significaba la solidez de una roca: tierra compacta y ardiente; escalaba su cuerpo hasta alcanzar la cima dando bocanadas, me creía joven a los veinte y en realidad, nunca fui más adulta. Antonio me robó los años, me convirtió en niña.

Esta noche el ritual cambió: Las sábanas blancas han sido cubiertas con pétalos amarillos. Coseché mis rosas y los frutillos rojos. Desnuda frente al espejo me observo sin prisa. Arreglo con los dedos mi canoso pelo, saboreo con gusto uno a uno los veinticinco capulines tóxicos, me pinto de rojo los labios, me he salido un poco de los límites, visto solo enormes zarcillos. No he compartido con Antonio la cama en años, pero hoy, hoy espero visita.

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