La Sobremesa de Asunción Silva

por Eduardo Sabugal

Fausto
Ilustración del Fausto de Goethe

“El Mefistófeles que todos llevamos dentro del alma ”
José Asunción Silva

Si el arte copia y el amor crea (mimesis y poiesis) la enfermedad destruye esos dos impulsos llevándolos al límite, por el camino del exceso. Una madrugada, después de estar entre amigos (seguramente en una velada de esas en donde todos hablan y nadie escucha) el escritor colombiano José Asunción Silva fue a su casa y se disparó en el corazón. Antes, un amigo médico le había dibujado una cruz en el sitio preciso del corazón, para que no fallara en su romántico suicidio. Contraria a esa última escenificación patológica, el Pathos que aparece en su novela De Sobremesa, no desemboca en una destrucción absoluta como sería la de la muerte, sino que hace que su personaje, José Fernández,  experimente una destrucción paulatina parecida paradójicamente a un proceso de creación; es decir una energía vital inversa, que opera por desgaste. Ese proceso específico de descomposición, en su sentido más amplio, es el que Asunción Silva intenta retratar en su novela. Después del banquete histórico en el que la humanidad ha hincado sus dientes – instituciones, dioses, imperios, guerras, creaciones majestuosas, artes y técnicas cultivadas por años, conocimientos cada vez más abundantes y variados- después de esa gran comilona de la civilización, sobreviene una sobremesa. Sobremesa con lectura, lenta como una digestión, en donde el pensamiento está cansado de pensar, la fe está agotada después de haber pasado por tantas creencias, y las nociones morales que se pudren en aras de un futuro distinto o de otro tiempo, parecen albergar un germen más del ennui, esa sensación anormal, asco patológico por la existencia. Pero ¿qué es lo normal? ¿Acaso la religión, la ciencia y la cultura, no habían intentado conjurar la muerte y el aburrimiento?, todo ha fracasado, parece decirnos Asunción Silva, y el fin de los grandes relatos tiene que ver con esta maldición de ser algo intermedio entre el animal y Dios: “mi ser, misterioso compuesto de fuego y lodo, de éxtasis y de rugidos”. Maldición que el personaje expresa en su diario, que es casi un expediente clínico y al mismo tiempo una metáfora de la historia de la humanidad. Y es que aquella imagen del hombre noble y engrandecida que existía en el Renacimiento, ha sido sustituida por la figura del enfermo. La humanidad, la vida misma, es esa enfermedad incurable que es objeto de la mirada, en una suerte de voyeurismo clínico, patológico y existencial: “Todo se borra ante la realidad cruel de la enfermedad que avanza en el gran silencio religioso de la medianoche; la siniestra profecía del hombre de ciencia llena sola, oscura y siniestra como un horizonte nublado, el campo de su visión interior … Morir” Y es que así como el protagonista está interesado en esa mujer llamada Helena, ideal de belleza (con un tono casi romántico) y de salvación, así los integrantes de esa sobremesa, esos seres igualmente enfermos y acomodados, están interesados en la enfermedad de su amigo. La enfermedad, la locura, es esa mujer que promete el rescate, la salvación, y es al mismo tiempo la muerte, la somnolencia opiácea llevada al extremo, la aporía de un estar viviendo para la muerte. La voz del médico, y no ya la del religioso o la del filósofo, es la que hace el inventario de síntomas de este protagonista anormalmente normal, normalmente anormal. En un sentido Foucauliano, el arte empieza a elaborarse como un discurso de poder, casi al mismo nivel que el clínico. Helena ha muerto en De sobremesa, porque el Arte (con mayúscula) y Dios, han muerto también. El fin de siglo no hace otra cosa que mostrar los signos de una podredumbre cadavérica, como si una inundación hubiera puesto a flotar los cadáveres que ya llevaban tiempo en descomposición.

José Fernández es un personaje que encarna un incurable malestar, su razón está pervertida y ha sido alcanzado por esa melancolía del amor que Hucherius define como “la enfermedad atrabiliaria de un alma que desvaría, engañada por el fantasma y la falsa estimación de la belleza”, de este diagnóstico a ser considerado cualquier maníaco, sólo hay un paso. Insensato, poseedor de un desorden espiritual, alienado irresponsable, y no porque la medicina así lo juzgue sino porque esta enfermedad pertenece a cierta experiencia del individuo como ser social. La taxonomía, el catálogo de patologías que José escucha más divertido que interesado, son etiquetas impuestas desde lo social. Esas formas de nombrar el pathos que moviliza a José, son dictadas a partir de la supuesta incapacidad física (y antes jurídica o moral) que los demás perciben en este individuo. Pero aquí hay un contrasentido porque tener el ennui parece sólo un tormento individual, como el de prometeo con su buitre, como el de Sísifo con su eterna carga. Este convaleciente extravagante, lejos de comprometerse con los demás, como dice Michel Foucault, en la vecindad de la culpabilidad; parece no sólo sentirse fuera de toda culpabilidad sino que incluso su enfermedad incluye un profundo desprecio por eso que la norma social llama lo normal, lo sano. Y es que José Fernández tiene “la apariencia del buen sentido en muchas cosas y la apariencia de una bestia en muchas otras”, a través de su diario podemos percatarnos de que “tenía el espíritu mal orientado y extravagante y que ha caído en una entera y absoluta demencia y fatuidad”, síntomas que antes eran causas para recurrir al internamiento, pero estamos en el siglo XIX, y la posición social y económica de nuestro personaje lo eximen del castigo clínico o judicial que la sociedad suele aplicar a los anormales. Lo único que se le reprocha, es que no sea feliz, que sea como los insensatos y locos del siglo XVII, con un espíritu inquieto, depresivo y turbio. Lo único que se le pide es que deje un rato de pasearse, de agotar y malgastar sus fuerzas en la contemplación del tiempo. Por ejemplo en la mirada de José Fernández, el dinero o Helena misma, en su realidad onírica e ideal, no son sino las paredes de una litera cerrada, una caja por la que sin embargo mediante dos ventanas (acto mismo de leer el diario) sus amigos lo espían para ver y dar. Método ya usado en la época clásica de la locura, curiosa jaula pensada para aislar pero también para vigilar, jaula usada en la Edad Media y que a finales del XIX, se encuentra bajo la forma de la erudición, la seducción y el dinero.

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