madre
Itzel Vargas
CUANDO CUIDAR TRANSFORMA Normalmente, cuando pensamos en la palabra cuidado, en particular en torno a nuestros seres queridos, las asociaciones suelen ser positivas. Recordamos el abrazo de nuestra madre cuando tropezamos, un día en el parque con los abuelos, el sabor de una sopa cuando estamos enfermos. Sin embargo, estas memorias se encuadran desde la perspectiva de quien lo recibe. Generalmente la persona que realiza las acciones y los contextos detrás de estos cuidados permanecen ocultos. En un escenario cotidiano, este trasfondo no transforma la acción de manera significativa, sin embargo, cuando la situación se extiende por meses, o incluso años las relaciones entre la figura de apoyo y el paciente se complican.
En la cultura mexicana, la responsabilidad de atender a familiares enfermos, con discapacidad o de edad avanzada recae en la familia y de manera desproporcionada en las mujeres, cuya labor es invisibilizada. Aunque en un principio nace como un acto de amor, las expectativas culturales ignoran las necesidades de quienes ejercen esta tarea; a menudo se espera que detengan su vida entera y se dediquen al acto de cuidado sin remuneración y sin derecho al descanso. Es común que familiares, amigos y terceros utilicen frases como: «Es tu mamá/papá, no los puedes dejar en un hospital, es tu obligación como hija/hijo», lo que causa culpa y un sentimiento de obligación. Y si en realidad no pueden más con la labor, son juzgados por «abandonar» a la persona dependiente; cualquier deseo de crear límites o buscar alternativas de atención se convierte en una supuesta falla moral. Desafortunadamente, esta presión externa afecta a ambas partes, negándoles la posibilidad de una mejor calidad de vida.
A través de experiencias familiares y otras historias, Itzel Vargas explora la manera en la que este acto de amor y obligación puede trasformarse en desgaste físico, emocional y financiero de la persona a cargo. A partir de elementos biológicos y de diagnósticos médicos, Itzel crea un paralelo entre el deterioro del cuerpo del paciente y el de quien lo asiste, como el trabajo fotográfico de Max Alexander, quien documenta la experiencia de cuidadores jóvenes. Aunque los temas son parecidos, Itzel trae consigo una trayectoria en el body horror, la cual utiliza de manera innovadora al confrontarnos con las realidades del cuerpo y las enfermedades. Ella describe su proceso creativo «como una manera de hacer visible lo que normalmente permanece oculto: el desgaste, el miedo, la enfermedad, la fragilidad del cuerpo y las marcas que dejan los procesos de cuidado», lo que convierte su obra en un registro tanto social como emocional.
—René G. Cepeda
AGRADECIMIENTOS
Con todo el corazón agradezco a mis padres María Rosa Vargas y José Blas Díaz por su amor, apoyo y confianza. A pesar de las dificultades, siempre me brindaron la oportunidad de acercarme al arte, aprender y crecer. Gracias por creer en mí desde pequeña y darme las herramientas para ser quien soy y poderlo expresar.
A mis amigos y familia, Ilse Cervantes, Alexander González, Raúl Vargas D., Ligia Vargas, Alfredo Jiménez, Rodrigo Cervantes, Gladys Vargas, Javier Cervantes, Claudia Rivero, Víctor Macchetto, Eduardo Rivero, Andrea Corona, André Morán, Ottmar Ortega, Daniel Miguel y Carolina Gómez. Gracias por ser mi refugio, por cuidarme, por acompañarme en este camino y por ser mi soporte día con día. Me siento profundamente agradecida por tenerlos en mi vida y por compartir con ustedes este momento y todos los que están por venir.
Y, sobre todo, agradezco inmensamente a dos personas que llevo en la mente y en el corazón todos los días: Raúl Solís y Josefina Flores. Ustedes me enseñaron a amar el arte, a atreverme, a que la vida también habita en lo sencillo, en la humildad, en la calma y en el amor incondicional. Los extraño todos los días y los llevaré conmigo en cada paso, en cada obra y en cada parte de mi vida.