Buen camino

Eran las 21:15 y el valet parking cerraba a las 21:30; yo, no lo sabía.

Me despedí de mi hermano y bajé deprisa a recoger mi coche. Pagué el ticket del estacionamiento, y me dirigí a la caseta. La lluvia había escampado, todavía caían unas gotas, pero nada serio, comparado con el aguacero de unas horas antes.

Le di el boleto a un chofer y busqué un billete chico para darle la propina. Me entregó las llaves y en ese momento se acercó una mujer, de unos treinta y tantos años y le preguntó por la estación de taxis:

—Uy, no, seño, ya no. Vaya a recepción a ver si le piden uno.

Me dio un poco de pena y le pregunté:

—¿A dónde va?

—A Cholula.

Justo en la dirección contraria a la mía. Intenté negociar:

—¿Qué le parece que la llevo a La Noria? —La Noria era un punto intermedio entre Cholula y mi casa.

Intervino otra vez el chofer:

—Pida un Didi en la recepción.

Ella no aceptó mi oferta, ni la del valet:

—No. Es que traigo un pacientito.

Me sentí muy mal: por la lluvia, por el valet, por el pacientito, por mi negociación.

—Está bien. La llevo.

No lo dudó ni un segundo:

—Muchas gracias. Vamos a recoger a mi pacientito, mi mamá, que está en la otra entrada.

Nos subimos al coche, ella en el asiento del copiloto y fuimos a la otra puerta; ahí vi a una viejilla subida en una silla de ruedas. La silla la controlaba lo que yo pensaba era alguien del hospital, pero no, era otro hijo de la paciente.

Me bajé, abrí las dos puertas, a la anciana la subimos medio cargada y medio a empujones, no podía mover las piernas.

Y de repente, llevaba “carro completo” y nunca mejor dicho: adelante la hija, atrás de ella, la enferma, atrás de mí, el hijo. Íbamos cuatro personas en el coche.

La mujer se subió y se presentó, ahora sí, muy formal:

—Soy Lucy.

—Maribel. Estrechamos las manos.

—Lucy, ¿cómo es posible que los citen a las nueve y no los reciban?, ¿qué pasó?

—Al doctor se le presentaron unas cirugías y se ocupó—respondió, evasiva.

Iniciamos el trayecto, y empecé a pensar en los descabezados, en el narco, en el infierno en que se había convertido mi país. En que en mi coche iban tres desconocidos y yo me adentraba hacia la nada.

Puse el Waze, era la única forma de tranquilizarme, resultó un recurso inútil.

Al escribir la dirección sentí vértigo: el navegador indicaba que me tardaría treinta y cinco minutos y había que subirse al periférico. Santa María Coronango.

No acostumbro a tomar ese camino, porque un sobrino queridísmo, mi ahijado, el hijo de mi hermana, había muerto justo ahí, en un accidente. Para mí se había convertido en un territorio prohibido.

Le pedí a Lucy, que se abrochara el cinturón, emprendimos el trayecto. Reanudé la conversación interrumpida:

—Pero, ¿cómo es posible que los citaran tan tarde y no se hubieran ocupado de ustedes?, ¿a qué doctor vienen a ver?

—A un angiólogo, a un reumatólogo, a un dermatólogo.

—O sea, ¿vienen a ver a tres doctores?

—No, a uno, el principal es el angiólogo, pero la enfermedad de mi mamá es complicada. Pero el mero mero, es el angiólogo.

Justo mi hermano y yo acabábamos de hablar de la disparidad social, de cómo se mueren los pobres mucho antes que los ricos: de la falta de medicamentos en general, de la escasez de vacunas, de la precariedad de medicinas en el país.

Mi hermana siempre dice que yo no interactúo, que yo entrevisto.

Empecé a obtener respuestas:

—Sí, este hospital es muy caro. Carísimo, hasta me da pena decirle cuánto nos van a cobrar: $200,000.00 (dos cientos mil pesos) por tratarle las dos piernas a mi mamá. Somos cuatro hermanos, yo (ella, Lucy), dos hermanos mayores que trabajan en restaurantes, y el menor es quien cuida a mamá— (el menor venía atrás de mí).

—Ay, señora, me da pena decirle, trabajo limpiando casas, en San Andrés Cholula.

Justo ese hijo, el menor, me demandaba como si yo fuera un Uber mal calificado: “Oiga, vaya más despacio”. Cada vez que caía en un bache, que era inevitable, porque la lluvia los ocultaba, se quejaba en mi contra: “Ayyy”. Y me anunciaba cada tope: “Tooope”.

A Lucy le entró una llamada, imaginé que sería algunos de los hermanos mayores, porque ella explicó:

—No, ya vamos para la casa. No entró el depósito y no la internaron.

Deduje que los habían rechazado por no pagar el anticipo para la cirugía y que mañana, siempre que pagaran el anticipo, los volverían a recibir.

Estaba todavía más enojada.

Y recordé que tengo un buen amigo quien es angiólogo, pero no tenía su contacto. Se lo pedí a mi hermana. El hijo del doctor y mi hijo son amigos y mis padres fueron sus pacientes.

Le hablé de él a Lucy. Le prometí a Lucy que compartiría el contacto tan pronto como me fuera posible:

—En cuanto llegue a mi casa.

Mi casa, ese paraíso soñado y lejano. Muy, muy lejano.

Mientras tanto, la aventura continuaba. Periférico, accidente, Camino Real. Fraccionamientos caros, menos caros, casas solas, campos de milpa.

Del periférico pasamos a una doble avenida, de la doble avenida a una avenida simple, de la avenida simple a una carretera, de la carretera a un camino vecinal, las calles se estrechaban y mi miedo se ensanchaba.

Llegamos a Santa María Coronango. Pasamos por el Palacio Municipal y Lucy comentó, orgullosa:

—Ahí está, todo adornado para las fiestas patrias.

Yo, por mi parte, iba buscando las señales por las que pasaba: el Palacio, la miscelánea de la esquina, el terreno que se vendía, los campos de milpas, la casa sola en mitad de la nada; memorizaba las pistas a sabiendas de que me iba a regresar por el mismo camino sola y ya entrada la noche.

Mientras tanto, el hermano de Lucy no dejaba de avisarme —y de quejarse:

—Tooope, tooope, tooope. Vaya más despacio. Ay, aaayyy.

Y Lucy daba instrucciones:

—Izquierda, derecha, ahora, aquí, a la derecha.

A la derecha ya no veía casi nada, un pequeñísimo camino con apenas seis casas, tres de cada lado. El coche entró con dificultad, recorrimos unos veinte metros y entonces tenía a las milpas justo enfrente del parabrisas.

—Creo que aquí vamos a tener que bajarnos. Su coche ya no pasa.

—Sí, no puedo seguir, ya no hay camino.

—No se preocupe, caminamos un poquito y ya.

Y entonces la señora me dice:

—¿Cuánto le debemos? Ahí, que le pague mi muchacho.

“Su muchacho” era el hijo insoportable quien gritaba: Tooope, vaya más despacio, baache”.

Le respondí:

—Nada, los traje por gusto. Nada más apúntame aquí tu teléfono, Lucy, por favor.

—No, cómo es posible, cuánto es…

—Lucy, ya bájense por favor, porque tengo que regresarme.

Se bajó Lucy, la mamá y el hermano.

Empecé a maniobrar de reversa, imposible.

Metí el coche al jardín del vecino de Lucy, para dar vuelta, no sé cuántas veces conduje hacia adelante y hacia atrás, hasta que me vi en la posición correcta. Volví a poner el Waze con dirección a “Casa”.

El Waze me sugería meterme al campo de maíz, volví a dar otra vuelta en “U” y por fin el Waze se puso de mi lado.

Fui de la punta del embudo al ensanche. Pasé el Palacio Municipal, la miscelánea, el terreno en venta, la casa sola, los fraccionamientos y llegué al maldito periférico.

Y sin saber ni cómo me ví en Liverpool: “Liverpool es parte de tu vida”. Y sí, en ese momento fue parte de mi vida. Respiré profundo y mi cabeza estaba atada a mi cuello: ¡todo había salido perfecto!

A las once llegué a mi casa y le mandé a Lucy el contacto de mi amigo, el angiólogo, y ella me preguntó, muy amable:

—¿Llegó con bien?

—Sí, —le respondí— llegué con bien. Por favor, Lucy, mañana le escribes y le cuentas cómo nos conocimos.

A la mañana del día siguiente le escribí a mi amigo, le pedí permiso para llamarlo y le conté mi aventura nocturna. Me prometió comunicarse en caso de que Lucy lo contactara.

Y sí, Lucy llegó a consulta con su mamá.

Mi amigo, Paco, el doctor, les dijo que no iba a perder las piernas, que las úlceras eran tratables, a largo plazo, pero tratables.

Paco me contó que dijeron algo así: “Cómo vamos a agradecerle a esa señora, quién no sólo nos echó aventón, también le salvó las piernas y la vida a mamá”.

Le agradecí a Paco, mucho, muchísimo que hubiera sido el doctor de mis papás, que fuera tan profesional y sí, también que fuera mi amigo.

Y luego hablé con Lucy, apreció mucho la recomendación y me mandó la foto de la receta con el diagnóstico del primer doctor, el del hospital caro:

 

RECETA MÉDICA

                   FECHA: XXXXXX

                   NOMBRE: XXXXXXXX

                   EDAD: 66 AÑOS FN 24 DE SEPTIEMBRE 1958

Paciente con indicación de hospitalización en servicio de urgencias de su preferencia, se explica ampliamente riesgo de amputación y muerte. (Firma y nombre del doctor).

 

Y entonces me volví loca: ¿le iban a cobrar $200,000.00 (doscientos mil pesos) por cortarle las piernas?, ¿cien mil por cada una? Y el riesgo de la muerte, ¿cuánto costaba?

Y luego me sorprendí: ¿la mamá de Lucy, la ancianilla, era veinticuatro días más joven que yo? No había manera de consolarme, se lo escribí a Paco y él se moría de la risa.

Pues al final, ésta es una historia con final feliz, me siento muy dichosa por haberle echado aventón a Lucy, a su mamá, a su hermano (a ése mucho menos).

Muy afortunada por tener un hermano hospitalizado con quién ejercito la filosofía.

Y más suertuda por tener entre mis amigos, a un doctor como Paco.

Gracias, Paco.

Título
Autor
Buen camino
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