Mis observaciones sobre el perro

por Caramel, la única cuerda de esta casa Editado y transcrito por Valentina Alejandra Moncada Esperón

Antes de comenzar, quiero dejar claro que yo no pedí esta vida.

Yo estaba perfectamente feliz siendo una gata elegante, silenciosa, ordenada y con un IQ emocional muy superior al de cualquier ser que camina en cuatro patas. Pero el universo decidió ponerme en una casa con una humana decente y un perro… bueno… un perro llamado Tadeo, que desafía toda lógica conocida.

Tadeo es grande. Muy grande. Enorme. Gigantesco. Y su cerebro… digamos que no creció al mismo ritmo.

Cada mañana despierto con la gracia natural que sólo nosotras, las gatas superiores, poseemos. Me estiro, me acomodo, hago mi rutina de belleza y saludo el día con elegancia. Y apenas estoy disfrutando mi paz cuando escucho a lo lejos un torbellino de patas, respiración fuerte y entusiasmo sin propósito.

Ahí viene. El fenómeno natural. La criatura impulsiva. El perro.

–¡CARAMEL! ¡Es de día! ¡Ya amaneció! ¡ESTÁS VIVA! Lo dice todo con los ojos, porque si Tadeo hablara, estoy segura de que gritaría.

Yo lo observo desde lo alto de la mesa, mis orejas perfectamente alineadas, y pienso: “Lo que una soporta por esta familia…”

Tadeo no camina. Rebota. Rebota en el sillón, rebota en la pared, rebota en mi paciencia.

Y si, por accidente, nuestra humana deja la puerta abierta un centímetro… ¡un centímetro!… él entra en modo fuga profesional.

Se acerca a la puerta, la huele como si fuera la entrada a Narnia, se emociona, mueve la cola tan fuerte que hace viento, y yo lo miro y pienso: “¿Y si mejor te escapas de tu propio cerebro, que claramente está atrapado?”

A veces lo intento detener con la mirada. Pero a él la mirada le rebota. Como todo.

Cuando nuestra humana sale, él entra en crisis. Un drama digno de telenovela. 

–Caramel, ¿y si se fue para siempre? ¿Y si nos abandonó? ¿Y si nunca regresa?

Yo, con toda mi calma gatuna, le contesto con mis ojos: “Hermano… apenas cerró la puerta.”

Pero él se tira al piso como si estuviera viviendo su última hora en la Tierra. 

Luego empieza su segunda misión del día: olfatearlo absolutamente todo.

Una pata de silla. Luego la misma. Luego otra vez. Y otra. Y otra.

Por si cambió de olor en dos minutos

–Caramel, ¡esto huele a silla!

–Qué sorpresa, detective.

Después de su rutina de tonto profesional, Tadeo pasa al modo guardia del fraccionamiento. Según él, es el protector oficial.

Pero desde mi perspectiva:

Pasa una hoja → ladra.

Pasa un coche → ladra.

Pasa una bolsa volando → ladra.

Pasa una mosca → intenta comérsela y se tropieza.

Yo, observadora profesional, pienso: “Qué bueno que no nos pagan por seguridad… porque este perro no detecta ni sus propias patas.”

Pero lo mejor viene cuando la humana regresa.

Ese es su momento estelar. Su gala. Su alfombra roja emocional.

La puerta se abre y Tadeo se transforma: salta, gira, llora, corre, cae, se levanta, tropieza, sonríe, respira muy fuerte, vuelve a saltar… Es un caos hermoso y ridículo.

Yo camino hacia ella despacio, con dignidad, como corresponde: “Buenas noches. Yo no perdí la cabeza en tu ausencia.”

Voy a confesar algo que jamás diré en voz alta.

A veces, cuando Tadeo se queda quieto (ocurre cada 87 años), se acuesta a mi lado, me empuja con su nariz enorme y suspira como si estuviera diciendo “estoy feliz porque estás aquí”, yo siento una cosita pequeña en mi pecho.

Un calorcito.

Un cariño chiquito.

Muy chiquito. No se emocionen.

Porque aunque Tadeo sea un tornado tonto… es un tornado bueno.

Y yo, aunque soy amargada profesional… lo quiero poquito.

Pero si tú le dices eso a alguien… te araño.

Título
Autor
Buen camino
Maribel Vázquez Lorenzo
Mis observaciones sobre el perro
Valentina Alejandra Moncada Esperón
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