Verónica
Ricardo Huitrón Aguirre
Verónica, extraño tu voz
Cuando
No estás junto a mí,
Verónica, te quiero decir
Que te extraño tanto, que no puedo más
Que te quiero tanto
Amor
Quiero tus ojos mirar
Quiero
Tu boca besar
Otra vez voy en tu busca, tengo que encontrarte, camino sin pausa, inconsciente de la hora; el deambular por la ciudad me sofoca, con esfuerzo palpo mi pecho y me parece imposible que mi corazón lata; con la voz entrecortada y un nudo en la garganta pido el bolero, nuestra melodía, con tu nombre; no he podido curar mi alma, no me resigno: «… extraño tu voz», te perdí y con ello la cuenta de los días, de los tragos, de mí mismo. Con la mirada nublada te pierdes entre la multitud, con los dedos oprimo mis ojos para enjugar mis lágrimas. Un trago de aguardiente y sigo: «No estás junto a mí», pero no pierdo la esperanza de encontrarte algún día; tu amor embriagó mi corazón y en esa profunda borrachera te recito: «Que te quiero tanto» tal vez lo escuches, y esta batalla no esté tan perdida: «… que no puedo más»; me quedo sin tiempo, sin espacio, sólo confusión y múltiples alucinaciones: «Quiero tus ojos mirar». Pero no miro tus ojos, la oscuridad te oculta, me recuesto en la banqueta, me tapo con la gorra y por fin el cansancio me agota, me duermo y comienzo a soñar en volver a: «Tu boca besar».
En la música, ese espacio singular, encuentro un cobijo que me abre sus brazos, me recibe suavemente, me ha consolado cuando he sufrido por amor.
En la época de los ochenta, para disfrutar melodías especiales, visitaba por las noches a Lalo en su tienda de discos «Sagitario Musical», ubicada justo en la plaza principal de la ciudad de Santa Ana, frente al parque y el portal. Para mí fue una experiencia inolvidable porque podía deleitarme con un buen audio y en un volumen elevado con los éxitos musicales del momento y de aquellos que se habían convertido en memorables.
Un día de velada musical con Lalo, llegó un personaje popular de la localidad conocido como «El Cuadros», un bebedor empedernido, su sobrenombre seguramente estaba relacionado con su oficio de carpintero. Esa fue la primera vez que lo vi de cerca, vestía de forma desaliñada, caminaba descontrolado por el efecto del alcohol con su rostro hinchado y matices morados, su habla áspera e irregular, todo él me imponía y me provocaba temor; el individuo entró tambaleándose a la tienda para hacer a mi amigo una petición:
—Lalo, ¿puedes poner «Verónica»? ora si tengo dinero, por favor.
Con dificultad metió la mano derecha al bolsillo del pantalón y sacó un billete arrugado y lo puso sobre el mostrador. Lalo accedió al ruego, antes de colocar el vinilo en el tornamesa realizó el ritual que sólo los expertos en fidelidad saben hacer, sacar la pieza cuidadosamente de la funda, tomarlo por el canto del perímetro circular para limpiar los surcos con un cepillo especial para quitar el polvo, enseguida aplicar un limpiador en spray y un paño, para eliminar las manchas de grasa provocadas por el tacto, esta operación se realizaba por ambos lados A y B, con esto se garantiza la reproducción del sonido con calidad y sin esa interferencia como de lluvia, de los tocadiscos; Lalo bajó el brazo para que la aguja hiciera contacto con el disco y la melodía comenzó a sonar. «Sagitario Musical» se convirtió en una caja acústica perfecta para la sonoridad, los decibeles se impusieron.
«El Cuadros» hizo suyas cada una de las palabras de la letra, su canto se convirtió en una plegaria, una súplica, una devoción y una promesa de amor eterna, el carpintero reflejó en su rostro dolor y restregó sus ojos con el dorso de su mano para limpiar la humedad. La pieza llegó al final y cerró con un murmullo que el intérprete reverbera, el sonido disminuye hasta cubrir el espacio de silencio:
—Gracias, Lalo.
Se dio la media vuelta y salió del lugar para perderse, tambaleante, entre las calles de la ciudad.
La pieza sonora de esta historia es una canción escrita por el compositor poblano Generoso González Valera, mejor conocido por su nombre artístico «Carlos Blanco», la letra original hacía referencia a una «Güerita», Víctor Yturbe «El Pirulí» cantante icónico del género del bolero junto con Chamín Correa, un virtuoso de la guitarra, decidieron cambiar dicho apelativo por «Verónica», el autor aceptó la propuesta. Yturbe tenía un interés particular en dedicar la nueva versión de la canción a Verónica Castro, quien fue invitada el día de la grabación, sin duda el arreglo musical de Correa y la interpretación magistral de «El Pirulí» catapultó en 1972 esta obra musical como un ícono del bolero en nuestro país.
Lalo me reveló, una vez que nos quedamos solos, que el personaje estaba en esa condición de alcohólico por la ruptura con su novia, Verónica. Todavía emocionado, le pregunté: ¿tú la conociste? Lalo negó con la cabeza:
—Pero dicen que fue una de las mujeres más hermosas que haya nacido en Santa Ana: alta, tez blanca, de cabello largo, con un porte especial. Eso cuentan. Cuando ella lo abandonó él se convirtió en «El Cuadros», pero nunca dejó de amarla. Y viene aquí a cada rato, para encontrarla en la música.
Contar esta historia es un pequeño homenaje para «El Cuadros». Ese día la imagen que tenía de él cambió, el miedo se transformó en ternura.