Un adiós en la lluvia
Ricardo Huitrón Aguirre
La noche ha sido larga, no sé si en algún momento concilie el sueño. Mi mente confundida trata de conectar las ideas para tener una respuesta. Los primeros rayos del amanecer se filtran entre las cortinas, me levanto procurando no hacer ruido, me acerco, tomo con delicadeza tu barbilla para observar tu mirada, se ha nublado, giras de vuelta la cabeza, te recuestas y solo hay un intercambio de silencio profundo. Me retiro desconcertado, camino hacia la puerta y salgo de prisa de la casa, debo ir a cumplir con mi jornada laboral. Me pesa alejarme, la distancia emborrona todo.
Sin darme cuenta estoy atrapado entre ruidos de motores y estruendosos sonidos de claxon que revientan mis oídos, por fin cruzo la congestión vial, todos quieren llegar pero no hay amabilidad. Desorientado, llego a mi trabajo, hablo pero no entiendo lo que digo y no reconozco a nadie, las personas van y vienen frente a mí, solo se develan siluetas borrosas, los murmullos entre risas y sarcasmos me abruman, no me dicen nada. Todo el tiempo te sigo pensando, no me concentro. Miro el gran reloj del muro, el tiempo transcurre en letargo.
Tembloroso, tomo una hoja, busco un lápiz en la caja, no está. Miro al piso, se ha caído, lo levanto e intento escribir una idea, no lo consigo y al final son solo garabatos que reflejan el profundo desorden que cruza mi mente.
Me muevo por la escalera hasta la terraza con la idea de adelantar el tiempo, no funciona, pasa una eternidad, por fin suena el timbre, puedo retirarme. Tomo mi bolso, lo cuelgo al hombro e inicio el camino de regreso a casa. Intento correr, mis piernas no tienen fuerza, no responden. El cielo comienza a cubrirse de nubes grises advirtiendo la aproximación de una tormenta y a esto se suma la caída del atardecer que va oscureciendo la escena, la llegada a casa se torna eterna.
Con dificultad abro la puerta, arrojo el bolso y entro intempestivamente para encontrarnos. No hay ruido, tu lecho está vacío y frío, no estás, tengo que salir a buscarte, trato de pensar y me pregunto ¿a dónde habrá ido?, tal vez estás cerca de la cascada escuchando el murmullo del agua al resbalar por el acantilado. Busco entre la espuma y el remolino del agua, pero no estás ahí, recapitulo: ¿qué camino habrá elegido?, esta vez me dirijo hacia el sendero, tal vez estás saciando tus pulmones con el oxígeno y el aroma de los encinos, las sombras me engañan al creer que dibujan tu silueta, no puedo encontrarte.
Después de un largo deambular, rendido, me recargo en el árbol de pirul cercano a la orilla del lago, me desvanezco hasta quedar sentado. La lluvia copiosa se hace presente, ahora entiendo la señal, por mis pómulos escurren gotas calientes que se funden con las gotas frías de la lluvia, no sé cuál de las dos es más abundante, por fin comprendo que para verte es necesario cerrar los ojos. Ahí estás, en el horizonte. Te veo feliz, corriendo, sorteando los obstáculos de la naturaleza. Vienes hacía mí, me provocas, me esquivas y vuelves a escapar, esta vez trotas hacia el fondo y, poco a poco, te vas perdiendo hasta desaparecer. Cuando abro los ojos, inevitablemente dirijo la mirada al cielo para descubrir un nuevo brillo cintilante.