Un día de muertos
Con la mano cálida tocó mi frente, abrí los ojos para mirarla, con voz cariñosa expresó:
—Hoy es la visita que te prometí, te llevaré al pueblo en donde nacieron tus bisabuelos.
Me levanté, en el lavabo una bandeja de peltre con agua tibia me lavé y me peiné, estaba listo.
Mi abuela trenzó su cabello, enredó su chongo para acomodar su peineta, tomó su monedero, su sombrero, y su bolsa de mandado tejida de palma con las provisiones envueltas en papel estraza que había comprado un día antes en el expendio de abarrotes.
—Anda, vamos.
Salimos de la casa, la mañana era fresca, los primeros rayos del crepúsculo se filtraban a través de los huecos de la ciudad para develarla, en los primeros pasos encontramos el amasijo que vendía los más ricos bolillos mantecados que he probado, caminamos hacia el parque, al cruzar rodeamos el kiosko; en la siguiente cuadra al templo de El Carmen, al pasar su gran reloj repicó la media, a continuación el mercado, sus ruidos y multi aroma lo confirmaban, en las siguientes aceras las grandes puertas de las fábricas textiles que abrían para dar inicio al primer turno de hiladores y tejedores de lana, finalmente la parada del camión frente al cine. Abordamos el transporte, un carro grande con motor ruidoso, inició el recorrido y conforme avanzaba abandonamos la población, cruzamos otras poblaciones y al llegar a un crucero nos desviamos a la derecha para comenzar a subir un camino de terracería. Con mi pequeña estatura apenas podía ver el paisaje a través de la ventana, pasamos por amplios campos secos grisáceos, recién había pasado la recolección de las mazorcas y el otoño daba cuenta de su presencia. Los campesinos en la labor conformaban rastrojos de milpa seca dispuestos cada tanto para dejar en solitario a los espantapájaros, de éstos me fascinaban su cabeza y manos conformados de paja y sus camisas de grandes cuadros.
Vi a un caporal montado en su caballo tordillo que arreaba el ganado y unos pastores paseaban a los borregos y chivos que entre lo reseco del terruño buscaban algo que comer. Cada parcela se dividía con nopaleras y magueyes, en uno de éstos había un tlachiquero con un ayate, un cuero y un acocote extrayendo aguamiel.
Después, apareció una zona extensa de árboles con grandes pinos y encinos, las sombras de sus ramas matizaban nuestros rostros, aún puedo percibir ese aroma fresco del bosque. Pasarón varias horas, por fin arribamos al destino, era la última parada justo en la cima del cerro, bajamos y una tolvanera desdibujó el lugar, cuando todo se aclaró nos dirigimos por una vereda hacia una casita de adobe con techo de tejas rojas que estaba en medio de la campiña. Al llegar mi abuela tocó la puerta de la cerca con una moneda, enseguida apareció un hombre mayor, corpulento, de manos gruesas y oscuras curtidas por el trabajo y el sol, bigote largo, vestido de manta, con paliacate rojo en el cuello y un sombrero grande de palma:
—Bienvenidos, esta es su casa, anden vamos a comer.
Al entrar mi abuela saludó:
—Muy buenas tardes, aquí le traje su calavera— y entregó el bolso a la señora de largas trenzas, vestia nahua y quexquémetl, cocinaba en un tlecuil de leña, en una olla frijoles negros con epazote y trozos de chicharrón, y en el comal cocía tortillas y tlacoyos de alberjón que apilaba a manera de un montículo dentro de un chiquihuite, la masa la tomaba del metate en el que molía el nixtamal con el metlapil, la salsa roja ya estaba lista en el molcajete, y como brebaje en un jarro de barro te de sácate de limón, una comida que jamás olvidaré.
Mientras degustamos del tentempié mi abuela y sus parientes conversaban sobre la cosecha de semillas y al mismo tiempo pasaban revista de los familiares en común. Cuando terminamos el señor nos indicó:
—Ya es hora, vamos a visitar el altar.
Salimos, cruzamos el andador de lajas de piedra pasamos junto al temazcal y el cuexcomate recién abastecido por la mies. A lo lejos se escuchaban las campanas del templo que repicaban ese singular sonido pausado que anuncia una muerte, un viento fresco nos acariciaba las mejillas para teñirlas de rosa. Llegamos frente a una gran habitación, el hombre abrió las puertas de par en par. La luz del atardecer apenas iluminaba el interior:
—Adelante, pasen ustedes.
Al cruzar el umbral el aroma a flor de cempasúchil, a frutas e incienso que se mezcla con el del ocote que lo hace arder, tranquilizó mi alma, una voz suave me murmuró: “Gracias por estar aquí”. La luz cintilante de las velas y veladoras comenzó a develar la gran ofrenda. Mi mirada entusiasmada inició el recorrido, el espacio estaba enmarcado por carrizos que sostenían una guirnalda de flor de muerto y el colorido del papel picado con viñetas de flores, cruces. En el primer nivel sobre el piso había un petate sobre éste un pequeño cajete con sal como símbolo de purificación, una cruz de tierra como señal del lugar al que hay que ir al final de la travesía de la vida y un vaso de vidrio con agua para saciar la sed del alma que realizó el recorrido para llegar a su homenaje. En el tercer nivel los retratos de quienes se adelantaron en el camino, algunos borrosos, aquí me atrapa un suspiro profundo —¡por fin juntos!—; reconozco a mis bisabuelas y abuelas, por sus peinados, a mis bisabuelos y abuelos por sus sombreros, también están mis tías y tíos, y algunos primos, abajo la sopa de huevo de la tía Graciela, recién un pajarito me dijo que querías que supiera de tu cariño; los guisados de salsa negra de la abuela Lala, era fascinante verte verter la manteca y los ingredientes en la cazuela caliente que al instante vaporizaba; el mole poblano con la porción precisa de cada uno de los tantos condimentos que le dan ese singular sabor a picor, dulce y especiado de mi tía Cecilia, no olvido tus delantales coloridos con encajes blancos y tus grandes cucharas de madera para sazonar; de los tamales de picadillo y de puerco envueltos en hoja de plátano de la abuela Coco, cómo disfrutabas verme degustarlos; la sopa de tortilla de la abuela Angelita, el ingrediente principal cortado en finas tiras que deshidratabas en la resolana de la ventana; el café con leche evaporada de la tía Carmela. En la repisa superior el vaso de leche bronca endulzado con miel de abeja para remojar las galletas marías, el dulce de camote morado sabor guayaba con su singular brillo que le da el jugo del limón, del de calabaza el sabor especial que le impregna el piloncillo. En los panes, las pezuñas con su toque de sal, los tlacotonales escarchados con azúcar rosa y las tradicionales hojaldras con esta forma voluptuosa espolvoreada con ajonjolí, mira aquí están los huesitos, y ésta es la mera calavera. En un lugar especial las bebidas de licor y las portadas de los vinilos de mariachi, ya te pusiste rojito, ya estás contento.
Otra parte que no podía faltar, las herramientas de trabajo, los colores de cera, los óleos, los acrílicos y los pinceles con los que acariciabas la superficie del lienzo con maestría para dar vida a tus ideas; la pluma fuente y el cuaderno en el que con una gran caligrafía vertías tus pensamientos y tus historias; el costurero de madera con el alfiletero y los hilos de colores para zurcir y bordar algo elegante; la garlopa y el serrucho de carpintero con el que esculpías en madera una sorpresa; la cámara fotográfica con la que capturaste esos momentos irrepetibles, y por supuesto no podían faltar nuestros libros en común, recuerdo con claridad verte hojearlos y detenerte en aquello que te motivaba a una reflexión. Y en la lista el diccionario de sinónimos, porque es importante no repetirnos. Aún recuerdo los días que juntos visitamos la biblioteca, nunca supe que obra tomar pero siempre tenías una sugerencia para mí. El compendio de frases célebres que me hizo enamorarme de éstas, por su certeza filosófica. Aún sigo en esta búsqueda de máximas. El manual de Dondis, al que puedes regresar siempre para entender cómo estructurar una buena composición si de la imagen se trata; la antología de cuentos clásicos, mi preferido El Gigante Egoísta de Oscar Wilde. A veces me siento con la fragilidad del niño pequeño y otras con el coraje del gigante. Y nuestro favorito El Principito. Recuerdo el día que me lo regalaste, dijiste: espero que lo disfrutes tanto como yo. La frase con la que coincidimos en éste no recuerdo si me la recitaste o es que hoy quiero que la repitas «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos».
Fin.